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Una emigración egabrense a Hawái a principios del siglo XX (I)

03.11.18 - Escrito por: Antonio Moreno Hurtado

El comienzo del siglo XX fue bastante difícil para la población española, especialmente para los trabajadores del campo, que se vieron forzados a emigrar a otros países. El lunes 11 de marzo de 1907, el diario ABC llevaba en su portada la noticia de la difícil situación de la población española, a la que compara con la de Irlanda, obligada a emigrar, preferentemente, a los Estados Unidos.

Pero el problema estaba llegando también a países más estables, como era el caso de Alemania, donde la juventud trataba de huir del servicio militar.
En un artículo titulado Efectos económicos de la emigración, Álvaro Calzado analiza la situación y afirma que, en aquellos momentos, la emigración era inevitable. Según el autor "emigran porque en ellos es natural el deseo, no solamente de huir de las privaciones, sino también de buscar mayor bienestar".
Unos iban con la idea de volver, algún día, con el porvenir resuelto e invertir en su tierra natal. Pero otros querían desligarse para siempre de su país. No pensaban volver.

Según el autor "esta última forma de la emigración es una causa incesante de empobrecimiento para el país, donde se produce una exportación de valores a cambio de la que nada se recibe". Se trata de un "capital acumulado" que no va a producir beneficios en su tierra.

Sin embargo, Álvaro Calzado estima que, en el caso de España, cuando el movimiento se produce "porque son insuficientes las industrias existentes para dar trabajo a todos los habitantes, la emigración, lejos de ser un mal, es un bien, un bien para el país, porque el exceso de población inactiva o hambrienta constituye un peligro constante para la tranquilidad pública y un bien para el emigrante..."

Una posición discutible, al menos.

La penuria en el campo andaluz llevó a numerosos agricultores malagueños y granadinos, especialistas en el cultivo de la caña de azúcar, a soñar con un futuro mejor, atendiendo las promesas que llegan de Estados Unidos de poder establecerse en el archipiélago de Hawái.

Con unas islas anexionadas a Estados Unidos poco antes, las autoridades se encontraron con que la mayoría de la población no nativa era asiática. Unos trabajadores japoneses, chinos y filipinos, con pocas exigencias a la hora de fijar las condiciones de trabajo y los salarios. De manera que las autoridades norteamericanas toman una decisión estratégica y política. Quieren contrarrestar la mayoría de habitantes asiáticos e introducir en las islas gentes de raza blanca, preferentemente trabajadores que conocieran el cultivo de la caña de azúcar y de la piña tropical, los principales productos de aquellas islas. Se trataba de reducir el peso de la población inmigrante asiática, especialmente la japonesa, que los americanos intuían como un posible peligro en caso de guerra. ("... on the menace of the Japanese population in Hawaii in case of war", The Pacific Commercial Advertiser, Honolulu, November, 16, 1906).
"the Spaniards are being engaged by Hawaiian sugar interests to replace Japanese laborers", The Salt Lake Herald, February 17, 1907.)
Como es conocido, posteriormente los japoneses lanzaron un ataque devastador contra Pearl Harbour, en la Isla de Oahu, el 7 de diciembre de 1941, sin previa declaración de guerra (Albertos, F. J. Patrimonio e Historia de Estepona, p. 97.)

De manera que las autoridades hawaianas hicieron interesantes ofertas en las provincias andaluzas, con preferencia en la Costa del Sol, por la experiencia que allí había en este tipo de cultivos. En las plazas principales de los pueblos y ciudades se colocaban unos atractivos carteles con las condiciones exigibles. Había además un agente o "gancho", que hablaba español y realzaba las "maravillas" de Hawái y de las condiciones de trabajo. De todas maneras, los aspirantes tenían que superar un exhaustivo reconocimiento médico y demostrar, de alguna manera, que eran buenos trabajadores. También influía que fueran jóvenes y tuvieran hijos.

Los posibles viajeros acudían a la oficina del encargado de revisión, don Carlos Crovetto en la calle de Ríos Rosas (antes Cañón) núm. 3, de Málaga, junto a la Catedral, donde se firmaba el oportuno contrato de trabajo.

Para el viaje en el SS Heliópolis (1907) se pedían hombres de 17 a 45 años y mujeres de no más de 40. Se ofrecía educación gratuita para los hijos, un contrato laboral de tres años y la posibilidad de adquirir la nacionalidad norteamericana, tras una evaluación final de su trabajo y actitud. Los mayores de 45 años, si querían viajar tenían que pagar su pasaje, que costaba 400 pesetas. Para el viaje en el SS Ascott (1913) la edad para los hombres era de 18 a 50 años.

La mayoría eran trabajadores sin tierra y antiguos pequeños propietarios que la habían perdido, con lo que las condiciones parecían muy interesantes. El salario era superior para los hombres y el pasaje era gratuito. Lo pagaba la Junta de Inmigración de Hawái (Board of Immigration of Hawaii). Los emigrantes, al llegar, pasaban un nuevo examen médico y tenían que soportar un periodo de cuarentena en una pequeña isla cerca de Honolulú.

Veamos, como ejemplo, la evolución de los salarios durante el periodo de 1907 a 1913.

Año Hombre Mujer(18-40 años) Chico(15-18 años) Chica(mayor 15 años)
1907 $20 $12 $15 $10
1913 $24 $12 $15 $10

Había ciertos bonos o pluses para aquellos trabajadores que lo merecían. Las condiciones de trabajo en las plantaciones de caña de azúcar no eran buenas.
La jornada era de 10 horas en el campo o doce horas en el molino, con un total de 26 jornales al mes. Los trabajadores tenían que cubrirse la cara, los brazos, las piernas y los pies, para no cortarse con los tallos de las cañas.

Por otra parte, la travesía era larga y en condiciones extremas. "Los barcos, se adentraban en el Océano Atlántico y se dirigían al Estrecho de Magallanes, haciendo escala en Punta Arenas (Chile) y después, ya en el Océano Pacífico, se dirigían hacia Honolulu, donde desembarcaban. Esto traía muchas consecuencias epidémicas, pues, primero, habían de cruzar un trópico, el ecuador, el otro trópico, después atravesar el gélido y turbulento estrecho de Magallanes y después atravesar de nuevo el trópico de Capricornio, el ecuador y desembarcar en una zona tropical. Los emigrantes no estaban equipados de ropa para estas grandes variaciones de temperatura y humedad. Tampoco estaban equipados los barcos, ya que eran buques de carga y no de transportes de viajeros, pues la falta de renovación de aire en las aguas frías y movidas, al estancarse para evitar la entrada del oleaje, hacía que se propagasen las enfermedades epidémicas, especialmente entre los más indefensos, que eran los niños de corta edad (en el SS Orteric murieron 58 niños). Las singladuras duraban entre 49 y 54 días de navegación". (Albertos, F. J. Patrimonio e Historia de Estepona, p. 97.)

Después de esta dura travesía los emigrantes se encuentran con una nueva contrariedad, en este caso de tipo legal, a la que eran ajenos. El fiscal general de los EE.UU. había aprobado una nueva ley de emigración, justamente cuando los emigrantes andaluces salían con destino a tierras americanas.
Una normativa que iba a tener una trascendental repercusión en las futuras oleadas de mano de obra a Hawái. Al llegar a Hawái, los emigrantes andaluces no tardaron en sufrir el incumplimiento de todas aquellas promesas, comenzando por el maltrato de los "lunas", esto es, los capataces portugueses o japoneses de las plantaciones. El desaliento aumentó cuando se percataron de que no tenían casa propia, tampoco el acre de tierra prometido y los niños no tenían escuela.
Lo primeros meses fueron duros y complicados, no sólo por su adaptación al nuevo medio sino por las posibilidades de contraer enfermedades para las que no estaban inmunizados.

Una vez llegados a las islas, la Asociación de Plantadores de Caña colocaba a las familias según las necesidades de trabajo. A todas las familias les ofrecían gratis el uso de una cabaña de tamaño acorde con el número de usuarios. Una casa que podía pasar a ser de su propiedad, a la finalización del contrato. Los hornos y los aseos estaban fuera de la vivienda y eran compartidos con otras familias. También tenían gratis la leña, la atención sanitaria, los medicamentos y el colegio de los hijos pequeños.

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