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REFLEXIONES DEL ABUELO JESÚS EN LA RESIDENCIA (I)
08.09.18 - Escrito por: Antonio Fernández Álvarez
Las reflexiones del abuelo Jesús comenzaron el día en que su hijo le dijo: En esta residencia de la tercera edad te tengo que dejar papá, verás que bien vas a estar ya sabes que no tengo espacio en el pequeño piso que escrituraste a mi nombre al morir mamá, tu nuera también trabaja para sacar adelante nuestra familia, nuestros hijos, tus dos adorables nietos, no queremos que sean una carga para ti cuando vuelven del cole y nosotros estamos en nuestros respectivos trabajos. Yo es verdad que salgo a las tres, por la tarde no trabajo, pero como sabes las tardes estoy de voluntario para buscar fosas comunes es prioritario que encontremos al abuelo Ramón, tu padre.
Habían pasado cuatro años desde que su hijo se despidiera de él con estas palabras cuando le dejó a las puertas del centro, mientras una enfermera se hacía cargo de las maletas del anciano.
Al ver salir a su hijo y cerrar tras de él la reja de acceso al recinto, se sintió como si le hubiesen tirado a una fosa común. Solo que esta era más dolorosa, más profunda, más amarga y sobre todo más humillante que aquella donde por una terrible contienda contuviese los restos de su padre.
Supo que sería la última Navidad que recibiría la visita de sus nietos pues durante su visita discutían con su madre de que se les iba a hacer tarde, que habían quedado para salir con sus amigos y que podrían haberse ahorrado el viaje hablando por teléfono que para eso le habían regalado un móvil por su ochenta cumpleaños con datos para poder verse por video llamada si así querían.
Su hijo, según le dijo su nuera no había podido acompañarles, estaba muy ocupado acaban de descubrir una fosa común que contenía más de veinte restos de seres humanos, no eran la que andaban buscando sino asesinados por el bando contrario, pero estos parecían no tener el mismo entusiasmo en localizar a sus seres queridos, así ahora encima les tocaba a ellos identificar a esos fascistas que yacían en una fosa. Por los restos de los ropajes eran sacerdotes, según habían investigado serían del seminario que había habido próximo al lugar de la fosa hallada.
Estaban en el jardín de la residencia, el abuelo sentado en una silla de ruedas pues se había caído hacía un mes al rompérsele la cadera, pero o no se percataron porque ni siquiera le preguntaron, o no se molestaron si quiera en preguntarle, le besaron los nietos en la mejilla, y su nuera le abrazó fuertemente a modo de despedida con un somero cuídese. Les vio partir y a través de la reja del recinto y montarse en el coche que estaba aparcado junto a la misma.
Lágrimas brotaron de sus ojos, que limpió con el revés de la mano, giró las ruedas de la silla con inusitada fuerza y se dirigió al pequeño bar de la residencia donde unos jugaban al dominó y otros a las cartas. Observó a los allí presentes, parecían estar felices, jugaban, gritaban o bromeaban según los lances del juego, pero cuando el silencio acallaba el bullicio, un halo de tristeza invadía el ambiente. La quietud de las miradas, hundidos los ojos, cansados y tristes no traslucía nada más que un ruego de súplica por un añorado abrazo, beso o caricia, en todos y cada uno de los allí congregados.
Gritó, gritó fuerte, muy fuerte -cobardes, pusilánimes, cobardes- esperáis a la muerte disimuladamente porque no sois capaces de mirarla a la cara, seguís con vuestras vidas y como un ritual os sentáis a jugar al dominó a las cartas, pero solo es para poder decir que la muerte os pilló desprevenidos mientras hacíais aquello de que disfrutabais. ?Mentira
El jamás se sentó a jugar aunque muchos le reclamaban, era amigos de todos pero estaba siempre solo con libro siempre en la mano, lo que le había llevado a ser, filósofo, poeta, escritor, pirata, amante, guerrero, constructor, político, policía, detective, y muchos personajes más, tantos como libros había leído en los cuatro años que estaba en ese encierro involuntario al que se veía sometido. Vivía intensamente junto al protagonista de la novela todos y cada uno de episodios que en ella se narraban de esa forma se sentía fuera de la residencia, paseando con Hipatia por Alejandría, cantando el romancero gitano con Lorca, luchando en las trincheras a golpes de versos con Miguel Hernández, analizando el drama de la Guerra Civil Española con Juan Eslava Galán, recorriendo la historia de España desde las guerras en Italia con el Gran Capitán, las luchas por el trono con Juana la Beltraneja y Juana la Loca, la suntuosidad de los reyes de la casa de Austria y de la casa de Borbón, ahora tenía en su manos Felipe VI, el último rey de España una novela vomitiva escrita por un republicano revanchista que fue condenado por intento de atentado a su padre el anterior rey Juan Carlos de Borbón.
Se levantó de la silla de ruedas, mientras gritaba hacía aspavientos con la manos, el salón había enmudecido y con cara de compasión todos le miraban, dos celadores le sujetaron y le obligaron a sentarse de nuevo y le sacaron del bar. Gritaba, gritaba ahora era de impotencia, -solo la muerte es más fuerte que la vida, no vivirás para contar tu muerte, si la de los que te rodean que se han de dejado vencer,- jajajaja, pero yo no quiero seguir luchando contra ti, solo te hago frente y no eres capaz de vencerme, pero no te ayudaré, eso es de cobardes, sé que algún día podrás conmigo pero estaré aquí de frente, esperándote, mirándote a los ojos, entonces si te cogeré de la mano y me dejaré llevar, sin miedo, sin rencor, me iré para no volver, porque sé que es irreversible el camino por eso sé que solo debo estar preparado, no agazapado y rezando para que pases de largo. Aquí me tienes, muerte cobarde justiciera, y dañina que solo cuando la debilidad de la vida es evidente no vences, siempre vences pero solo vences al cuerpo al débil cuerpo que es nuestra forma humana, no acallas los hechos. Jajajaja te llevas la vida del poeta pero no sus versos, te llevas la vida del padre pero en los hijos el padre vive, y así en cada uno de nosotros,
Calló de golpe como si le hubieran sellado la boca, incluso los celadores pararon la silla de ruedas y le miraron a la cara a ver si le pasaba algo, tenía una pequeña mueca en la boca no respondió a las preguntas que le hicieron solo asintió con la cabeza cuando le preguntaron -¿se encuentra bien?
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