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Lecturas de verano: De vidas ajenas

31.08.18 - Escrito por: Javier Vilaplana Ruiz

Como quiera que tenemos un pie puesto en septiembre y en su inexorable vuelta al cole -cada cual, tiene la suya-, no debería resultar ya ni desproporcionado ni demasiado exigente para el lector o lectora comenzar este párrafo recordando que Hannah Arendt considera el mundo como la suma de todas las representaciones, de ahí que el fundamento de la política sea el hecho de que la pluralidad de las personas trata de estar junta, conviviendo los unos con los diversos.

En este sentido, la Ley es uno de los instrumentos de que nos servimos para crear espacios en los que esa convivencia entre iguales, pero distintos, sea posible. Sin embargo, más allá de la mera letra de los códigos o de las publicaciones en el BOE, así como más allá del temor a la legítima reacción violenta del Estado cuando se produce la infracción de sus normas, resulta imprescindible que abracemos una actitud ética, una predisposición personal ante la vida (sus proyectos, opiniones, aspiraciones, frustraciones, emociones, capacidades o disfunciones) de los otros y las otras.

Y es que leyendo a Lynn Hunt hemos aprendido que los derechos, fundamentales, no serían sino la consagración legal de la empatía humana. Es decir, ni más ni menos que aquello de que "nunca conoces realmente a una persona hasta que no has llevado sus zapatos y has caminado con ellos", sin duda una de las más hermosas enseñanzas que el padre y abogado Atticus Finch nos dejó en la hermosa novela "Matar a un ruiseñor".

Algo de esto he encontrado en una desgarradora lectura que me ha golpeado en estos últimos días de agosto. Se trata de la inquietante "De vidas ajenas" de Emmanuel Carrère, un imposible ejercicio de tratar de meterse en la piel de, por un lado, unos padres que han perdido a su hija de cinco años en el trágico terremoto del Océano Índico de 2004 que asoló parte del sudeste asiático; y, por otro lado, unas niñas que saben que van a perder a su madre tras la recidiva de un agresivo cáncer.

Esta segunda historia, que abarca la mayor parte del libro, se ocupa de determinados episodios de la vida de Juliette, cuñada del escritor, esposa, madre de tres hijas y una de las juezas que, siguiendo una vía ya iniciada por los tribunales españoles, contribuyó a revolucionar el derecho civil en Francia al someter la contratación bancaria a la opinión del Tribunal de Justicia de la Unión Europea, comenzando así una batalla legal por proteger a consumidores y usuarios de la voracidad y falta de transparencia de las entidades financieras, forzando, en el camino, al tribunal de casación galo a someterse al derecho social y protector del siglo XX, en detrimento de un desfasado Código Civil. ¿Les suena?

En la pura lógica liberal, escribe Carrère, las personas serían libres, iguales y lo suficientemente adultas como para entenderse entre sí en sus negocios y contratos, sin que el Estado deba de inmiscuirse. Sin embargo, al asomarnos a la realidad apreciamos fácilmente que la vida no se parece a esa artificiosa e interesa lógica y que las relaciones de poder entre quienes tienen (dinero, conocimiento o acceso a uno u otro) y quienes no tienen, vician el principio de libertad de contratación -o autonomía de la voluntad- piedra angular sobre la que se alza y sustenta, en lo que ahora nos ocupa, nuestro vigente Código Civil, publicado en su versión original en 1889.

Afortunadamente, y si bien el Derecho suele tener tendencias conservadoras (precisamente por esa razón reconoce y defiende principios teóricos que sirven para sostener en el tiempo desigualdades materiales), las luchas y movimientos del pasado siglo terminaron con la promulgación de normas (p.e. la Declaración Universal de Derechos Humanos o la Convención Europea de Derechos Humanos) que se ajustan al siguiente argumento: cuanto más alta es la norma jurídica, más generosa y más cercana está de los grandes principios, moviéndose en el ámbito etéreo de la virtud frente a la, en ocasiones, vileza de los gobernantes leguleyos de a pie de calle.

Afortunadamente, subraya Carrère, prima ese Derecho elevado, justo y virtuoso frente al aparentemente más cercano, sesgado o pragmático. Por esa razón, si bien un banco puede tener derecho legal a cobrar su deuda (limitada, eso sí, por parámetros de equidad, es decir, sin intereses ni comisiones espurias), una persona tiene un derecho superior a vivir dignamente bajo un techo.

Esto es fácilmente entendible, sobre todo si nos imponemos la tarea cívica de llevar los zapatos tanto del banco como del deudor. Vivir, aunque sea de forma imaginada, vidas ajenas.

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