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Viaje a París
22.10.14 - Escrito por: Rafa Linero
París nos llamó, y aprovechando las vacaciones mi novia y yo acudimos. Aparte de los monumentos típicos, Torre Eiffel, Campos Elíseos, Sacré-Coeur... queríamos visitar el Musée du magique et extraordinaire. Una tarde lluviosa intentábamos llegar a él mediante el GPS del teléfono móvil, pero cada vez que nos acercábamos el museo parecía cambiar de ubicación. Preguntamos a un amable parisino y nos dijo que nos olvidáramos del museo y que si nos interesaba lo mágico cogiéramos una línea de metro que daba a una calle misteriosa desde donde se veía cómo la Torre Eiffel se inclinaba hasta el suelo.
Las instrucciones que nos dio fueron enrevesadas pero precisas. Había que coger la línea 6 en la parada de Glacière justo en un minuto impar de una hora impar, si no había otro metro en el andén contiguo, y si habían pasado más de tres minutos pero menos de cuatro desde que pasara el tren anterior. Mientras íbamos hacia el metro el museo seguía apareciendo en el GPS cada vez más cerca, tentándonos con su cercanía; pero hicimos caso omiso.
Ya en la estación pasaron varios trenes, pero nunca se cumplían todas las indicaciones, hasta que llegó uno en el que parecía que todo estaba correcto pero, cuando terminamos de comprobarlo, ya se había marchado sin nosotros.
Al final acabamos en el Pont des Arts, donde las parejas tienen la costumbre de poner candados con sus iniciales en las barandillas jurándose, prometiéndose o sencillamente deseándose amor eterno. Allí, una chica que intentaba vendernos un candado nos contó que este verano una parte de la valla se había desplomado por el peso (el peso del amor, supongo) pero que afortunadamente no cayó sobre el Sena. Continuó diciendo que si los candados se hubieran precipitado en el río las sirenas parisinas que viven en él los habrían roto, deshaciendo al instante cientos de parejas, que se despertarían una mañana sin amarse ya. Por último, añadió que las pérfidas sirenas habrían dado un paso más y usando sus artes mágicas habrían mezclado los nombres de los candados haciendo que personas desconocidas entre sí se hubieran enamorado unas de otras sin saber por qué.
Terminamos comprándole el candado pero, no queriendo tentar al destino, no pusimos ningún nombre en él y ahora sirve para cerrar la caja donde guardamos las fotografías viejas, los periódicos atrasados y los billetes de metro que llevan a sitios mágicos, no porque la Torre Eiffel se incline de un modo imposible, sino porque hemos estado juntos.
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