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En recuerdo al Maestro José Manuel Molina Guarddón
31.03.25 - Escrito por: Eustasio Moreno Rodríguez / Expresidente del Centro Filarmónico Egabrense
Hay personas que dejan huella, no solo por lo que hacen, sino por lo que son. A más de un año de su desaparición, recuperados del desgarro de su pérdida, el recuerdo de J.M. Molina Guarddón nos evoca la figura de un hombre excepcional, con talento para la música y un espíritu incansable en la búsqueda de la perfección y la innovación.
Su entrega al Centro Filarmónico no fue sólo la de un músico apasionado, sino la de un auténtico pilar sobre el que descansaron generaciones de intérpretes y amantes de la música en Cabra. Maestro y guía, su largo paso por el Centro dio forma a nuestra historia. Así como el fundador, Francisco Moral, y el Maestro Rodríguez sentaron las bases y enriquecieron nuestro legado, él supo engrandecerlo, asegurando que perdure en el tiempo.
Como director artístico, dejó una huella imborrable en la orquesta y el coro. Bajo su dirección, nuestras formaciones musicales alcanzaron un gran nivel gracias a su disciplina y un incansable afán de superación. Maestro en la adaptación y arreglo de obras que, sin sus facultades, jamás habrían alcanzado la precisión sonora que él consiguió. Con una visión clara y acertada, adaptó obras maestras del repertorio clásico trasladando su grandeza a la orquesta de plectro, en Las cuatro estaciones de Vivaldi culminó su ingenio. Su virtuosismo con la bandurria le permitió alcanzar distinciones individuales, pero su grandeza residía en la capacidad para elevar el nivel del conjunto.
Acogía con entusiasmo y dedicación cualquier propuesta creativa para armonizarla, incluso orquestarla, y dale un toque personal siempre acertado.
Más allá de la labor artística, su compromiso con el Centro Filarmónico fue total. Durante años, desempeñó la presidencia con plena dedicación, entendiendo que dirigir esta institución centenaria significaba hacerla crecer, impulsar su prestigio y orientarla hacia el futuro sin perder su esencia. Su gestión se caracterizó por el rigor, la prudencia y sentido de la responsabilidad, con la convicción de que el Centro Filarmónico debía seguir siendo un referente cultural en Cabra.
Cuando asumí la presidencia de esta Institución, tuve el privilegio de contar con él en mi junta directiva como director artístico. Su presencia era una garantía de seguridad: aportaba serenidad, perspectiva y, sobre todo, una visión clara de lo que el Centro Filarmónico representaba.
Su legado no solo vive en las partituras que nos dejó, sino en quienes tuvimos el privilegio de compartir su sabiduría y su música. Infundía respeto y, al mismo tiempo, despertaba admiración. Hoy, al recordarlo, lo hago con gratitud y con el orgullo de haber compartido con él la pasión por la música y el cariño al Centro Filarmónico.
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